Reflexión del Obispo Francisco Gonzalez

Jn 12,12-16

Is 50,4-7

Sal 21,8-9.17-20.23-24

Flp 2,6-11

Mc 14,1-15,47

Hoy es el Domingo de Ramos, y así damos comienzo a la Semana Santa, la Semana Grande. En toda la cristiandad las gentes acudirán a sus capillas o iglesias para bendecir los ramos y en procesiones más o menos largas se acercarán a los lugares de culto mientras van cantando himnos recordando así la llamada entrada triunfal en Jerusalén, aunque montando en un asno no es forma alguna de triunfalismo,

La lectura completa de la Pasión del Señor nos invita forzosamente a una reflexión.

Señor, ya has llegado a Jerusalén, como tantas veces habías anunciado que ese era  tu destino. ¡Vaya semana la que te espera! El relato que hoy leemos de Marcos, apunta al comienzo mismo: “Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley andaban buscando el modo de prenderte con engaño y darte muerte…”

¡Vaya semana que te esperaba! Vayas por donde vayas te expían, te acosan, te critican, tratan de hacerte la vida imposible, buscan darte muerte, algo que tú ha venido anunciando desde que comenzaste tu vida pública, Tu muerte, Señor, no es más que la consecuencia de tu vida, de tu prédica, de tus opciones, de tu compromiso. Podríamos decir que te la ganaste a puño. El morir fue decisión tuya y del que te envió, pues nadie podía quitártela sin tu consentimiento, fue tu amor por nosotros quien te llevó al Gólgota.

Antes de extender tus brazos en la cruz, una mujer tuvo un acto profético: ungió tu cuerpo para la sepultura y ese gesto incomprensible para los presentes produjo criticismo por aquellos envidiosos, hipócritas y traicioneros.

¡Vaya semana la que te esperaba!. Si celebraste una última cena y la hiciste en la intimidad, sólo con los más cercanos. En esa cena les diste una lección de humildad, de generosidad, de amor. Les lavaste los pies, compartiste la comida, les serviste de comida: esto es mi cuerpo, esta es mi sangre… Durante la tradicional cena no sólo comiste yerbas  amargas, como el rito requería, sino que te tuviste que tragar toda la amargura que la traición de un amigo puede producir, sin descontar toda la pobreza de un seguimiento tan débil…el abandono fue general: te toca orar solo, pues tus acompañantes se duermen, el estupor después de una buena cena. Te enfrentas sólo y abandonado a los jefes de los sacerdotes, al sanedrín que busca testigos falsos para condenarte, al sumo sacerdote que no quiere aceptar tu testimonio y el grito estentóreo de todos los presente pidiendo tu muerte.

¡Vaya noche la que te hicieron pasar! Y para colmo de los colmos, tu hombre de confianza jura no conocerte. Y te llevan a ser juzgado por el poder extranjero, te comparan al sedicioso Barrabás, te insultan, te abofetean, te escupen, de golpean con una caña, te azotan hasta dejarte un cuerpo destrozado, se burlan poniéndote un vestido de púrpura, te humillan quitándote la ropa, y te coronan con unas espinas.

Ya ha amanecido y vaya día que te esperan! Te condenan a muerte, todo lo anterior no es suficiente para satisfacer el odio que te tienen, ni tampoco es bastante, así lo piensas tú, para mostrarnos todo el amor que nos tienes. Aún hay más: un camino hacia el Calvario, una cruz pesada, un recorrido por la ciudad como cualquier criminal, un colgarte en la cruz, unos clavos para sujetarte a la misma, unas burlas e insultos para que no mueras en paz, la mirada dolorosa de una madre que no te abandona, las caras tristes y corazones partidos de unas mujeres sencillas y fuertes que te han seguido  hasta la cumbre y todas aquellas gentes que pasaban por el camino, unos riéndose por el espectáculo, otros indiferentes ante semejante sufrimiento e injusticia, y alguno que otro dolorido por semejante escarnio.

¡Qué pena, Señor! Me da pena verte sufrir, aunque tal vez debe experimentar dolor, dolor profundo por haber contribuido a esa semana que te tocó vivir, y volver a vivir mil veces por causa de mi pecado.

Perdón, Señor, perdón.

04/12/2009    Mensaje de Monseñor Francisco González, S.F.

Hch 10,34.37-43

Sal 117

Col 3,1-4

Jn 20,1-9-

Este domingo más que cualquier otro podremos gritar a los cuatro vientos: Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Hemos caminado hacia este momento en un espíritu de oración, trabajando en nuestra conversión y abriendo nuestro corazón y todo nuestro ser a las necesidades de nuestros hermanos. Claro que esa vida de oración, conversión y caridad es la vida con

constante de todo cristiano, pero durante estas semanas la hemos intensificado.

Con la misa vespertina de la Cena del Señor, el Jueves Santo da comiendo al Triduo Pascual. El Misterio Pascual que une la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor.

El Jueves Santo nos concentramos en esa cena íntima de Jesús con sus más allegados seguidores/ colaboradores cuando en un profundo gesto de amor se convierte en el servidor de ellos, en alimento de todos. ¡qué momento de dolor para el Maestro! Entre los comensales estaba el traidor, comiendo del mismo plato, participando en la misma conversación y maquinando cómo llevar a cabo su engaño, su infidelidad.

El Viernes Santo recordamos la muerte de Jesús, el abandono de los discípulos, la negación de su segundo, la alegría de sus enemigos, la tristeza de los seguidores, las lágrimas de las piadosas mujeres, la indiferencia de la mayoría, el dolor intenso y profundo de una madre, la salvación de un ladrón y la fe de un soldado pagano.

En otros tiempos y lugares antes de cerrar la tumba se permite unas palabras acerca de la vida del difunto. La primera lectura de este Domingo de Pascua florida podría servirnos a nosotros. El muerto comenzó su vida pública es Galilea, provenía de Nazaret, fue ungido por Dios, pasó el tiempo haciendo el bien, hasta curaba a los endemoniados y muchas otras cosas. Por envidia lo crucificaron, pero Dios lo resucitó al tercer día, algo que él mismo había anunciado. Después de resucitado no habló de vengarse sino que mandó a sus seguidores anunciar la buena nueva. Todo lo dicho había sido ya anunciado por los profetas.

Como Jesús resucitó y así ha marcado nuestro destino, pues fuimos creados a la imagen de Dios, o sea para la vida no para la destrucción, el apóstol Pablo nos habla de emplear el tiempo que tenemos “buscando las cosas de arriba y no las de la tierra”, pues esas no nos llevan a destino que Jesús ha ganado para nosotros.

Toda esa nuestra esperanza está basada y es posible porque en ese amanecer del domingo, primer día de la semana, salió vivo de la tumba donde tres días antes lo habían colocado muerto. La narración de este hecho y misterio nos lo cuenta Juan en su evangelio para este domingo, este día del Señor. La mujer, por nombre María Magdalena, posiblemente junto con otras amigas se fueron a cumplir el rito de embalsamar el cuerpo de Jesús, algo que el viernes anterior no pudieron hacer por cuestión de la fiesta.

Al encontrar que la piedra había sido movida volvieron en busca de Pedro, quien junto con el “discípulo amado” corrieron para confirmar lo que las mujeres les habían dicho. Pedro entró en la tumba y vio como habían quedado las vendas y el paño que cubría la cabeza de Jesús. El discípulo amado entró detrás de Pedro, y nos dice el evangelista que “vio y creyó”.

Esta celebración es la razón de nuestra fe, pues sin este último acto de Jesús, la resurrección, nuestra fe no tendría sentido.

Durante la Vigilia Pascual y también en la celebración litúrgica del domingo hemos reflexionado sobre lo nuevo: fuego nuevo, agua limpia y cristalina, vida nueva, vestiduras blancas, ritos de iniciación todo apunta hacia una continua, viva y radical conversión, a una nueva creación.

¿Qué mensaje te trae la resurrección de Jesús? ¿Dónde buscas tú a Jesús?¿En el sepulcro vacío? ¿Dónde lo encuentras? Y por último: ¿Eres testigo de Jesús resucitado que despierta y confirma la fe de tus hermanos/as y amigos/as?